Navidad 2014

Resulta que tenemos que vivir, y como tenemos que vivir, tenemos que comer. Esto es algo simple: que se lo pregunten a un leopardo, o a una cebra (por elegir bichos de pelaje interesante, pero podemos preguntárselo igual a un gorrión o a una hormiga). Esto es simple, pero solo en principio, porque los seres humanos (de pelaje escaso y más bien soso) somos en cambio extremadamente complicados tanto en el vivir como en el comer.

Si para Albert Camus todo era tan absurdo que pensaba que el único problema filosófico realmente importante era el suicidio(1), yo diría que la pregunta absurda es precisamente esa de «¿por qué no te suicidas?». Bueno, no te suicidas porque hay que vivir, porque estás ya vivo, porque hay una terrible, poderosísima fuerza que te envía adelante. Esta fuerza, como los animales bien saben, es prerracional y es prácticamente inexorable. Cuando pugnamos contra ella, algo se nos descoloca por dentro, enloquecemos. Ha recibido distintos nombres, algunos bastante esotéricos, pero todos la reconocemos. Ya lo dijo Spinoza, que «cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser»(2). Y justo ese esfuerzo, que precisamente llama apetito, es la esencia misma del hombre y le obliga a realizar todo lo necesario para conservarse(3). María Zambrano habló del «ansia», un desasosiego casi laboral, pero inatacable, en el último reducto de la vida humana(4). Este ansia tiene algo de metabólico y como metabólico, es laboral, algo que hay que hacer constantemente para sobrevivir, que se agota y debe repetirse, como sucede con las labores de cultivo, la higiene o, claro está, la alimentación.

Mas no solo somos labor de supervivencia. Junto al ansia, la misma Zambrano percibe también una lucecita irracional (y no por ello absurda, diría Unamuno) que solo a ratos consigue apagarse: la estúpida, ciega, inconsistente y malgastada esperanza. El ansia la pide el cuerpo y lo mueve. La esperanza, en cambio, parece más bien el motorcillo de esa inteligencia que, aunque es capaz de hacerse preguntas como las de Camus, también piensa hacia delante. Es el subterfugio de la razón que, a menudo contra toda razón, siempre sigue esperando que las cosas vayan mejor, que tal proyecto salga, que tal persona se fije en mí…, etcétera, etcétera.

Esperanza y ansia son como las dos caras de la misma moneda. Van de la mano. Y en esta esperanza y ansia entrelazadas hay algo conmovedoramente humano de lo que no podemos desprendernos. Nuestra relación con lo que comemos lo dice todo: alimentos y hambre para sobrevivir, gastronomía contra el mundo que se nos opone. Contra lo feo, contra la supervivencia sin alicientes, contra la miseria y contra la frialdad. Gastronomía para humanizar la naturaleza y hacerla específicamente nuestra. Gastronomía porque pensamos, porque elaboramos, porque somos capaces de anticipar un futuro. Gastronomía porque hay esperanzas. Los desmadres gastronómicos y culinarios de las navidades son una muestra clara de esta manera de ser pertinazmente esperanzados los humanos, a pesar de los sabios y moderados consejos de tantos filósofos. Fiesta religiosa y también ancestral: luz en las noches más oscuras del año, calor humano —y/o divino— en las más frías. Comer no basta, nos es necesario rodearlo de todo lo demás: la tradición, el esfuerzo culinario desmesurado y el dispendio extraordinario para decir bien alto que estamos aquí, que seguimos vivos y juntos, y quién más, quién menos, esperanzados.

Queridos lectores de Secocina, gracias por estar ahí, cocinando cada día mejor y organizando (me imagino) unas navidades de fábula gastronómica total. Yo por mi parte espero para vosotros una muy feliz Navidad y un 2015 que supere vuestras más locas esperanzas.

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(1) El mito de Sísifo
(2) Ética: III, VI
(3) Ética: III, IX
(4) El hombre y lo divino

entrada revisada el:19 12 2015
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