Que el mes de agosto es mejor no salir de casa, ya lo decía mi abuela. Y eso que ella no conoció estos tiempos tan desmejorados para el estómago. Seguramente por eso era tan gourmet aunque todavía no se hubiera importado la palabra.


Recuerdo veranear con ella en mi infancia y recibir por la mañana el pan recién hecho repartido a lomos de burro por los arenales de la provincia de Huelva. No se habían inventado tampoco las boutiques del pan y se llevaba a las casas lo que fuera y como fuera. Ahora, ya te puedes ir al pueblo o a la aldea más remota que comerás el mismo pan que en Madrid o en Barcelona. Y cuando digo el mismo, quiero decir exactamente el mismo: elaborado en la misma panificadora, congelado y distribuido para ser resucitado en esos hornos eléctricos que proliferan por todas partes. Si por azar hallaras una panadería de las de antes, no te harás con una hogaza sin antes guardar ignominiosa cola, quizá bajo el sol. Los panaderos han aprendido, sólo faltaba. Ya no acuden a las casas ni el panadero, ni el médico ni el lechero. Y además burros quedan pocos y hay que cuidarlos.

Lejos queda también esa leche que en la sierra de Madrid repartía un hombre con una gran cántara de latón -el medio de transporte no sé si sería el burro, no me acuerdo, pero sé que usaba un cacillo para medirla-. Leche que había que hervir y con cuya nata se hacían unos bizcochos increíbles. Nos dicen que era peligrosa, pero no conozco a nadie que enfermara con aquellos bollos y aquellos colacaos. Siempre nos quedará, eso sí, el mito de la leche fresca, por mucho que hoy se le nieguen a la leche sin homogeneizar ni pasteurizar los derechos gastronómicos. Pero no deja de ser un mito y los mitos no se pueden degustar más que con la cabeza.

¿Y esa maravilla de verduras de la huerta, qué, tampoco existen ya? Bueno, para empezar, hay que tener la huerta, cavarla y cultivarla. A los veraneantes temporalmente emigrados de la gran urbe no nos queda más que esperar la suerte de que el frío, las granizadas, y posteriormente el calor y los bichos hayan respetado la cosecha de algún hortelano amigo, que haya excedentes y que este se acuerde de nosostros a la hora de repartirlos. Y conseguido todo esto, además hay que rezar para que reparta alguna cosilla de lo tierno, no los ladrillos que sólo valen para el Guiness. Todas estas coincidencias no se dan así como así, pero en el súper del pueblo no faltarán los paquetes de espinacas y lechugas precortadas… de hace varias semanas. Ni tres o cuatro yogures caducados, ni el queso seco, ni la leche con omegas y vitaminas, ni tantos otros deprimentes productos que nos harán renegar para siempre de la vida campestre.

¿Y esos hallazgos de restaurantes que nos dijeron que tienen el mejor pescado, el mejor marisco, el mejor tal y tal? ¿No los vamos a probar? Estamos de vacaciones, no hay por qué pasarse todo el día cocinando. Pero aquí continúan las desventuras agosteñas, y nadie se explica por qué hay que salir contento después de conseguir mesa en un local abarrotado y caluroso, soportar el maltrato y la lentitud de camareros agobiados, la incompetencia del personal eventual, los productos de la huerta …del mercadona, el agua mineral del grifo. Después de sufrirlo todo con la paciencia de Job, llegarás una vez más a la conclusión de que cualquier momento es bueno para probar un restaurante excepto el verano.

Pero el gourmet es gourmet también en agosto y de momento perseverará en la tarea de abastecerse con productos locales que merezcan la pena. Así que tras arduas investigaciones y quizá muchos kilómetros, sí, a veces pasa (claro que pasa, de esos momentos felices vive este blog, sin ir más lejos): ha aparecido esa huerta que vende al público, esa quesería artesana, ese restaurante que no se ciega por la avalancha turística, ese carnicero que tiene vacas y que te invita a esperar cuando la carne no ha reposado lo suficiente, has ido al bosque y había fresas, has contactado en el bar con un pescador que promete tenerte abastecido de lo más fresco. Y sí, crees que por fin está todo resuelto, que por fin has dejado de ser el turista pardillo a quien todos los del pueblo timan, para convertirte en un veraneante avezado. No obstante olvidas que hay un nuevo obstáculo que superar, una nueva amenaza que inevitablemente, año a año, se cierne sobre la alimentación de los pobres gourmets que en agosto se deciden a abandonar el terreno conocido para sumergirse en la tranquilidad de los pueblos: Las Fiestas. Porque cuando menos te lo esperes la quesería cerrará sus puertas, en el restaurante no habrá ya mesa, no podrás ni acercarte a la carnicería sin riesgo de ser atizado por algún cabezudo o corneado por vaquillas perfectamente vivas, y al pescador y al de la huerta, inmersos en la diversión, no volverás a verles el pelo en tu vida.

Se acerca el fin de las vacaciones y el gourmet, que lo que es es un romántico, abandona ya toda esperanza de comer decentemente, se encierra en su provisional alojamiento y se entrega a la lectura del Werther, puesto que no caduca y no sabe a medicina, aunque ratos haya que dejar que la envidia fluya en secreto:

Cuando al despuntar el día me pongo en camino para Wahlheim y en el jardín de la casa donde me hospedo cojo yo mismo los guisantes, y me siento para quitarles las briznas al mismo tiempo que leo a Homero; cuando tomo un puchero en la cocina, corto la manteca, pongo mis legumbres al fuego, las tapo y me coloco cerca para menearlas de cuando en cuando, entonces comprendo perfectamente que los orgullosos amantes de Penélope pudiesen matar, descuartizar y asar por sí mismos los bueyes y los cerdos. No hay nada que me llene de ideas más pacíficas y verdaderas que estos rasgos de costumbres patriarcales, y, gracias al cielo, puedo emplearlos, sin que sea afectación en mi método de vida.
¡Cuán feliz me considero con que mi corazón sea capaz de sentir el inocente y sencillo regocijo del hombre que sirve en su mesa la col por él mismo cultivada, y que, además del placer de comerla, tiene otro mayor recordando en aquel instante los hermosos días que ha pasado cultivándola, la alegre mañana en que la plantó, las serenas tardes en que la regó, y el gozo con que la vio medrar de día en día!

¿Será verdad? ¡Qué complicados son los placeres sencillos! Con una falsa sonrisilla triste y ninguna idea ni pacífica ni verdadera, finges coincidir con la señora del súper cuando se compadece de ti por tener que volver pronto a la horrible ciudad, a esa vida poco natural y poco sana, con lo bien que se vive en los pueblos. Y piensas que más lo sentirá ella mientras la ves teclear en su vieja caja registradora el precio disparatado de una mantequilla con el papel medio roto y seguramente rancia. “No le quedará otra ¿verdad?”, preguntas sabiendo de antemano la respuesta. “No”, dice con una extraña sonrisa tras la que asoman unos colmillos inusitadamente largos.

Por eso, cuando superado el reto vacacional vuelvas con alivio a esos proveedores de invierno que durante años has ido seleccionando, comprenderás el sentido de la aburrida expresión “merecido descanso”. Acudirás a ese supermercado que tiene un horario conocido por todos y donde sabes que siempre hay leche sin caducar a la que al menos no le han quitado las vitaminas para añadírselas después. La seguridad de la costumbre te llevará sin vacilación a las estanterías donde puedes encontrar esa leche y tantas otras cosas bien conocidas y probadas, sin pérdida de tiempo y sin que tus nervios sufran ya más de lo necesario. Sabrás llegar sin tropiezos a ese puesto del mercado que pasa de precortados, ignora los “packs” y tiene toda clase de hierbas en frescos manojos: acabadas de llegar del campo… (¿cuál?). Esperarás con tranquilidad la llegada de la temporada de las setas y la caza, en la seguridad de que estarás abastecida a tiempo sin tener que preocuparte de acotados, envenenamientos, desplumados y otros horrores. Vuelves reconciliada con la gran ciudad que aglutina maravillas llegadas de un misterioso campo y de un misterioso mar que seguramente no existieron nunca. Pero qué importa. La ciudad te arropa como la vieja y suave mantita de tu sofá y a pesar del calor, se lo agradeces. El saludo de los vendedores de siempre, el reencuentro con los restaurantes favoritos, libres ya de las improvisaciones del verano, te hará suspirar de verdadero descanso y reconocerás que las vacaciones han merecido la pena. Y cuando amigos y familia te cuenten lo de aquellos percebes, lo de aquel restaurante increíblemente bueno y barato, te hablen de de las lonjas, de las huertas, sigue descansando. No dejes que tus gourmet-neuronas entren en ebullición y piensa que el “relato fantástico postvacacional” ha sido y es un género literario de gran tradición y arraigo. Con la despensa llena de alimentos de calidad garantizada y la mente gastronómica ya planeando los menús, no pasa nada por disfrutar un rato escuchándolos.

entrada revisada el:20 02 2015
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