Tom Wesselmann Still life


Al igual que las vasijas prehistóricas se exhiben en el museo arqueológico, las vajillas, utensilios y cocinas actuales se adueñan últimamente de las salas de exposición. Los comienzos del arte fueron plenamente utilitarios –todo servía para algo, bien para cocinar el mamut, bien para aplacar a alguna deidad caprichosa–, así que nada hay que decir al respecto. Ni los hombres del neolítico que se apañaban para hacer recipientes para cocer la comida y guardar sus cosas con lo que tenían a mano y encima intentaban que les quedara mono, ni los diseñadores actuales pensaron ni piensan que sus obras sirvan para nada más que para lo que sirven. Se tardó bastante en hacer cosas bonitas porque sí, pero a partir de entonces el arte por el arte empezó a ir por la vida con la nariz un poco levantada.

Por eso, el que un museo como el MOMA y tantos otros exhiban diseño, no me parece rizar el rizo de la reflexión artística, ni mucho menos, puesto que la mayoría de las obras que vemos en los museos no fueron pensadas para estar allí. Ni las vasijas prehistóricas, ni los cuadros de el Greco, por poner un ejemplo. Aunque hoy en día somos plenamente conscientes de nuestra dimensión temporal y por eso los objetos cotidianos no esperan a convertirse en arqueología para acudir al museo. Algunos dirán que no es arte, pero ¿quién marca las fronteras?

Yo desde luego no me voy a meter en ese berenjenal. Me gusta que una exposición del MOMA se dedique a las cocinas modernas, sean lo que sean. Que se fije en esos diseños que han hecho más fácil y cómodo el trabajo cotidiano y el habitar ese “corazón” de la casa, y que cuente cómo esos pulidos mostradores, esos armarios y artefactos han cambiado la vida de las mujeres, sus principales usuarias hasta ahora. Y pensando en las mujeres y en la vida diaria, ¿por qué no ir más allá y otorgar patente de artista a las cocineras domésticas? Los platos de cocina de vanguardia ya coquetean más o menos con el mundo del arte, pero eso “es otra guerra”. Tampoco estoy intentando meterme personalmente en el gremio artístico, en mi calidad de cocinera de andar por casa. De momento me quedo con lo consolidado: los guisos y postres de nuestras abuelas. Esas croquetas laboriosas, esas natillas, esos flanes o bizcochos son dignos de contemplación artística. Nada de patrimonio cultural o inmaterial o lo que sea que hayan declarado a la dieta mediterránea. Nada hay más material y menos clasificable que ellos. Y ya puestos, también me apetece una exposición de cuadernos de recetas de familia: cientos de ellos reunidos, inesperadamente alejados del bullicio de la cocina, respetuosamente colocados en vitrinas, abiertos cada uno por una página especial, sabiamente iluminados para que los podamos apreciar en toda su sencillez, en toda su humanidad, en toda su inesperada poesía. ¿No sería una exposición preciosa?

De momento y hasta el 2 de mayo, nos quedaremos con la del MOMA, un pelín más sofisticada. Aquí está la información por si alguien viaja: http://www.moma.org/visit/calendar/exhibitions/1062.

Imagen Tom Wesselmann Still life #30. MOMA.

entrada revisada el:21 02 2015
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