Armadale (Wilkie Collins 1866) es un fenomenal novelón especialmente adecuado para los meses de verano. Digo fenomenal por las dimensiones, más de mil páginas, y también por el argumento, típico de las novelas por entregas de esa época: trágicos secretos, coincidencias increíbles, herencias, naufragios, asesinatos, y una mala, malísima, malísima. El libro está narrado a varias voces: el narrador principal cede casi siempre la palabra a numerosas cartas de los distintos personajes y durante muchos capítulos al diario y a la correspondencia de la malvada Lydia Gwilt, que no será un Valmont o una Merteuil (Las amistades peligrosas), pero me los ha recordado.

Allí encontré, al hilo de la narración de un divertidísimo picnic, estas observaciones sobre los poderes del estómago, tan llenas de ironía como vigentes.

¡Qué gran importancia tiene el acto de comer y de beber y cuán inestimables son sus resultados morales! Y, en consecuencia, qué loable es en sí mismo. Las virtudes sociales se centran en el estómago. Después de comer, el hombre que no es mejor marido, mejor padre, mejor hermano que antes es, digestivamente hablando, un vicioso incurable. ¡Cuántos encantos ocultos del carácter se manifiestan y cuántas amabilidades dormidas despiertan cuando nos reunimos para segregar juntos nuestros jugos gástricos! Al abrir las cestas de Thorpe-Ambrose la dulce sociabilidad (fruto de la feliz unión de la civilización con la señora Gripper* ) se dispersó entre los alegres navegantes y mezcló en amistosa fusión los elementos discordantes que hasta entonces habían compuesto el grupo. Ahora, el reverendo Samuel Pentecost, cuyas habilidades habían permanecido ocultas hasta el momento, demostró que al menos sabía hacer algo: demostró que sabía comer. Ahora el joven Pedgift brilló más que nunca con su humor cáustico y su capacidad para hallar inagotables recursos. Y ahora el caballero y la encantadora invitada del caballero demostraron la triple conexión entre el champán que excita el espíritu, el amor que anima al atrevimiento y los ojos en cuyo vocabulario no existe la palabra no. Ahora aquellos viejos y alegres tiempos pasados volvieron a la memoria del capitán, y aquellos viejos y alegres chistes que no había contado desde hacía años encontraron el camino de sus labios. Ahora la señora Pentecost, despertando con toda la fuerza su buen carácter maternal, se hizo con otro tenedor suplementario y llevó incesantemente este útil instrumento desde las mejores tajadas de comida de todas las fuentes hasta el escaso espacio que aún quedaba vacío en el plato del reverendo Samuel.
[…]
Al ver las virtudes que se desarrollan en la mesa, más que en ninguna otra parte, hay personas que gozan del glorioso privilegio de poder seguir comiendo a pesar de la pequeñas preocupaciones diarias que la necesidad impone a los hombres y mujeres, como, por ejemplo, llevar abrochado el chaleco o mantener ceñido el corsé. No confiéis a un monstruo de ese tipo vuestros tiernos secretos, vuestros amores y rencores, vuestras esperanzas y temores. Su corazón está dominado por el estómago y las virtudes sociales no existen en él.

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*Es el nombre de la cocinera

entrada revisada el:20 02 2015
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