Alimentos auténticos – Secocina

Como “cualquier tiempo pasado fue mejor” y, además, quejarse es un ejercicio que desahoga mucho, no nos suena raro a nadie el lloriqueo frente al frutero por ¡ay!, esas peras, esas manzanas de antes; o frente a la dorada “de crianza”, el implacable epitafio a aquellos pescados salvajes que nunca volverán a nuestras mesas paguemos lo que paguemos, porque ya no es igual; y tantos ejemplos que podríamos poner todos. Y en general con razón, aunque sea una pena.

La pérdida de sabor de los alimentos no podemos negarla, es un hecho que se debe, creo yo, más a las formas de conservación y a la alimentación -en el caso de animales- que al hecho de que las especies se vayan mejorando, ya que esto se ha venido haciendo desde que se inventaron la agricultura y la ganadería. En realidad, así es como funciona la propia naturaleza, mediante la selección natural de los más aptos. El hombre intervendría seleccionando los más aptos para su consumo.

Pero, ay, es que la caza auténtica…, las lubinas salvajes…, los pollos de antes… Pues sí, pero no tanto.
¿Que no podemos acceder todos al incomparable sabor de una pieza de caza 100% salvaje? Me parece que hoy por hoy, en España, ni siquiera los que creen que sí lo están haciendo.
¿Que se acaba el pescado salvaje y sólo podrán permitírselo algunos? Bueno, esto no es tanta novedad, me temo que los alimentos especiales siempre han sido cosa de unos pocos.
Y en cuanto a los pollos ¿es que queda alguien que hay comido alguno de esos que llaman “los de antes”?
Así que como consuelo a los aficionados a la buena mesa que ven como cada vez cuesta más (en todos los sentidos) encontrar ingredientes de primera, os voy a decir que en eso de los aliemntos salvajes hay que controlarse. Ved estas manzanas:

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La de la izquierda procede de un manzano silvestre que me depara grandes alegrías todos los años al verlo lleno de frutos. Alegrías que se transforman rápidamente en desilusión ya que las manzanas son prácticamente incomestibles, nunca hemos conseguido que maduren, son agrias y ásperas como membrillos. Pero más salvajes y más auténticas no pueden ser. Doy fe de que crecen en el campo sin que nadie las cuide. En cambio la otra pobre rojita de la derecha, recolectada aún verde, traída de quién sabe dónde, conservada en cámaras, tratada con pesticidas y vete a saber qué cosas, pero ¿manzana al fin? Pues… en fin, yo diría es a éstas a las que estamos acostumbrados la mayoría ¿no?

Como el consuelo es muy pobre, ya que no puedo ocultar que por el campo he recolectado muchas otras cosas buenísimas y perfectamente comestibles, os diré que de todas formas, por lo que respecta a las formas de cultivo y conservación, hay fundadas esperanzas y fundadas además en este medio que nos permite comunicarnos tan bien: la venta por Internet de frutas y verduras ecológicas recién cogidas está subiendo muchísimo, y es verdad que son frescas y mucho mejores (o sea, que eso de que en sus tiempos estaba todo mejor no lo decía la abuela sólo por fastidiar).

Total, que no sé si esas serán por fin las auténticas, auténticas, o no. Pero para auténtica, esta tarta de manzana “de la abuela”, rellenita de compota y con su barniz de albaricoque, como toda tarta de manzana que se precie. ¡Espero que os guste!

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