picnic

Cuentan que la sofocante tarde de tormenta del 5 agosto de 1850 Herman Melville subió a la cima de Monument Mountain (Massachusetts) junto con Nathaniel Hawthorne, Wendell Holmes y otros más, para hacer un picnic. Bebieron champán y leyeron el poema de William Cullen Bryant Monument Mountain, que cuenta la leyenda india de una doncella Machian que, desesperada por no poder casarse con su amado, se tiró por el precipicio y murió. También se dice que de esta señalada ocasión sacó Melville algunas importantes ideas para su novela Moby Dick. Lo cuenta Mark C. Taylor en un precioso libro Reflexiones sobre morir y vivir, que os recomiendo vivamente leer este verano, aunque sea bastande duro y un poco triste a veces. Pero por lo que respecta a lo nuestro, que es la gastronomía y no tiene nada de triste, os diré que aquello que hizo Melville es un picnic, señores, y no lo que hacéis muchos, me consta, que os lleváis hasta la tele. Un poco de estilo no hace daño a nadie, y aislarse de vez en cuando de la tele, el móvil y otras distracciones como el ordenador puede sirva para descubrir nuevas perspectivas de las cosas.

Marcharse al monte con un buen libro, con tormenta o sin ella, es siempre una gran idea. Por si alguien ha perdido la costumbre, que no me extrañaría nada, aquí van unas cuantas armonías gastro-literarias para promover esta práctica extrema para las neuronas y las emociones: el picnic literario gastronómico radical. Esto sí que es una experiencia intensa donde las haya.

1) Empecemos con Keats, los clásicos y la poesía que vuelven con las vacaciones y en la paz del verano dan lo mejor de sí. La poesía de Keats pide un buen tinto reserva en la mochila y una combinación profundamente aromática: para comer, un bizcocho de chocolate que con el libro y los poemas os llevará al séptimo cielo.

Bizcocho de chocolate

2) Sigamos con Libertad, de Jonathan Franzen, para una apasionante y aguda vuelta al crudo presente con todas sus contradicciones: una cerveza fría y unas chuletas de cordero con pesto de nueces os darán fuerzas para zamparos a la vez esta gran novela que se lee de un tirón.

chuletas de cordero con pesto

3) El verano es también el momento de disfrutar de la misteriosa poesía de Emily Dickinson: una atmósfera a la vez etérea e intensa, eterna, suspendida fuera del tiempo como en la oscuridad de un bosque de hayas, en el que os podéis adentrar con sus poesías, un buen chardonnay y estas vaporosas crêpes de puerros, que recuerdan el vuelo esquivo de su vestido blanco.

Crêpes de puerros

4) Pero si sois más de playas que de bosques, es hora de recuperar El mar el mar de Iris Murdoch. Una gran novela en la que pasa de todo y en la que se come de forma realmente extraña. La novela exige perentoriamente esta ensalada de pollo y pepino y el mar, rabiosamente, un albariño.

Ensalada de pollo y pepino

5) En mis veranos no faltan nunca las buenas novelas de crímenes y una de mis autoras favoritas es la francesa Fred Vargas. Cualquiera de las novelas del comisario Adamsberg o de los tres evangelistas asegura una maravillosa tarde. A acompañar con mini strudel salado de manzana y jamón y, este sí, con champán. Por qué no.

Mini strudel salado de manzana y jamón

6) Termino con las leyendas de Bécquer, indispensables para un picnic verdaderamente excéntrico y emocionante. En este caso sí se requiere tormenta o al menos esperar a que caiga la tarde y que las sombras, junto con la literatura, ejerzan su efecto sobrecogedor. La leyendas requieren un tinto moderno con graduación, color, intensidad, matices y pasión a raudales, ya me entendéis. Para comer, pollo al horno con miel y chalotas, una receta con efluvios medievales que se puede comer fría una vez encaramados a cualquier romántico risco o almena, agarrando el pollo cuidadosamente por una pata.

Pollo al horno con miel y chalotas

Os deseo que paséis un estupendo verano. Por mi parte, estaré por aquí aunque con el perezoso ritmo veraniego que es habitual en este blog. Nos vemos…

entrada revisada el:11 07 2014
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