Estas vacaciones no he cocinado nada, qué le vamos a hacer. Y cuando digo nada, es nada de nada. Hasta las torrijas han sido adquiridas en la pastelería. De todo hay que descansar de vez en cuando. A cambio de mi relativa negligencia de la víscera estomacal, he cuidado un poco más los sesos, ya que he aprovechado para leer un poco. Aunque el tiempo se estira más de lo que parece, es verdad que con demasiada frecuencia no da tanto como nos gustaría.

En cuestión de vísceras, desde luego prefiero cuidar las mías –cocinando, leyendo o como sea– que comerme las de otros. Las de corderos, terneras, cerdos, se entiende. Confieso que lo de preparar estos platos me cuesta bastante y hasta el momento sólo he manejado foie gras y a veces higaditos para algún paté. He probado mollejas en restaurantes, y pare usted de contar. Muchos piensan que me estoy perdiendo algo y no digo que no tengan razón, pero tienen que pasar muchas cosas para que yo coma por ejemplo lengua, y muchísimas más para que me atreviera a prepararla por propia mano…

En fin, que puestos a elegir algo de lo que hay por dentro, creo que me quedo con estos corazones fructificados del soneto de Miguel Hernández, cuyos versos siempre tocan el mío:

Tu corazón, una naranja helada
con un dentro de luz de dulce miera
y una porosa vista de oro: un fuera
venturas prometiendo a la mirada.

Mi corazón una febril granada
de agrupado rubor y abierta cera,
que sus tiernos collares te ofreciera
con una obstinación enamorada.

¡Ay qué acontecimiento de quebranto
ir a tu corazón y hallar un hielo
de irreductible y pavorosa nieve!

Por los alrededores de mi llanto
un pañuelo sediento va de vuelo
con la esperanza de que en él lo abreve.

Miguel Hernández: El rayo que no cesa 1934-35

entrada revisada el:19 02 2015
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