Equilibrio filosófico en la cocina

Hace mucho que no me pongo filosófica, no os quejaréis. Saco recetas facilitas y resultonas y encima no doy la matraca con los significados existenciales de la mayonesa o la metafísica de la salsa de alcaparras. Tengo que confesar que no ha sido por falta de ganas, sino de tiempo. También la falta de tiempo me lleva a lo fácil a la hora de ponerme a cocinar. A lo fácil, pero sin subterfugios: es posible una cocina auténtica, sana, fácil y rápida siguiendo el simple método de elegir recetas auténticas, sanas, fáciles y rápidas. Es de perogrullo, sí, pero a veces no resulta tan obvio que hay platos que no se hacen en cinco minutos y que en cocina no todos los atajos producen un resultado aceptable. La otra, y agradable, cara de la moneda es que esos platos auténticos, fáciles, etc. también existen y que son tan válidos como los más complicados. No es menos una lubina a la espalda que una pularda trufada, por más que la primera se haga en minutos y las segunda requiera toda clase de trasiegos, maceraciones, reposos, atados, desatados, prensados y demás manipulaciones propias de la haute cuisine.

Quien más quien menos, todos tenemos la vida bastante complicada, así que haremos bien en aplicar una moderación y equilibrio filosóficos en nuestras aceleradas cocinas. Ante todo, busquemos la esencia del plato elegido. Tranquilos, que no me voy a meter en demasiadas sutilezas: si a la hora de comer alguien piensa (o dice, que hay mucho maleducado) “esto no es una pularda trufada”, hemos perdido la esencia del plato. ¿Dónde? La experiencia me dice que las esencias a menudo se pierden en la falta de entendimiento entre el querer y el poder, entre las pretensiones y los medios (tiempo, destreza, ingredientes) con los que contamos. Para encontrarla quizá debamos aplicar un platónico equilibrio entre tripa, cabeza y corazón.

Nuestros deseos gastronómicos, atemperados por la virtud de la moderación marcarán la ruta de la receta y los productos más indicados. El corazón nos dará los motivos personales y el valor (coraje) de afrontar los retos necesarios para conseguir verdad y autenticidad en lo que hagamos. La cabeza gobernará todo el asunto librándonos sabiamente de la temeridad, de la ambición desmedida, del exceso de confianza y de la indulgencia chapucera. Con todo ello seguro que conseguimos evitar el colapso gastronómico de platos que ni llegan a ser lo que son. Como Platón no me lee (o al menos eso creo), me atrevo a estas adaptaciones, o puede que tergiversaciones. Con tal de enriquecer la experiencia culinaria, lo que haga falta. Pero en la cocina, nada de tergiversaciones: sentidos, corazón y mente puestos a disfrutar y a “darlo todo” en la confección de cada plato. Pularda trufada, lubina a la espalda o huevo frito, eso es lo de menos.

*Las fotos corresponden a unos bizcochos de fresa con muesli que no pude publicar porque estaban sencillamente asquerosos… Me temo que me faltó filosofía. En cambio, los espárragos verdes al vapor que publiqué hace poco fueron cocinados como se merecían: ingredientes, receta, tiempo, etc. convenientemente equilibrados. Esos sí que estaban ricos.

entrada revisada el:30 05 2012
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