Que para degustar un vino se necesita la lengua, quién lo duda. Pero también la lengua propia del homo sapiens que desde los albores de la humanidad ha envuelto la bebida de dioses en ríos de palabras. Palabras científicas sobre viticultura, enología y cata, y palabras poéticas tan innumerables como encendidas. A veces ambas se mezclan, como ocurre en el lenguaje de la cata. Su pretendidamente precisa clasificación de sensaciones es muchas veces tan hermosa como los colores y olores del vino son en realidad y tan evocadora, que para los catadores inexpertos, como es mi caso, consigue hacer que un vino huela o sepa a alguna cosa no bien el cerebro tiene grabada la correspondiente palabra: hierba, melocotón, vainilla, violetas, cuero, pan… a veces aparecen como por arte de magia al ser mencionados o pensados.
Bien lo saben los que redactan las contraetiquetas con sus notas de cata, aunque en algunos vinos no logren que se sienta nada al beberlos, ni siquiera a fuerza de palabras.

En la actualidad el prestigio de un vino suele requerir un nombre con solera, un nombre de de pago, o en su defecto heráldico con ribetes de nobleza. A falta o por cansancio de los anteriores, aparecen nombres más a la moda que sin embargo últimamente no logran prescindir del latín (real o inventado).
Y de lo que no somos ya capaces es de beber civilizadamente si ignoramos la variedad de uva con la que un vino ha sido elaborado. Si un vino no dice la uva en la etiqueta, es casi como si nos dieran la botella vacía. Verdad es que hay preferencias en cuanto a esto, y que distintas uvas dan distintos vinos, y también diferentes según los terrenos, clima etc., pero cuidado con intentar captar a ciegas las notas características de tal o cual variedad, así han hecho el ridículo más de una vez catadores muy expertos.
Yo como aficionada simple y sin complejos, dejaré que el vino se arrope confortablemente en sus palabras, también en los bonitos nombres de las uvas, y decidiré libremente si estoy bebiendo macabeo o viura, tempranillo o tinta del país, si compro un syrah por su graciosa hache, o un malbec, un godello, un cabernet, un albariño, chardonnay, merlot, garnacha, mazuelo o monastrell, porque me gustan sus nombres. También otras veces llamaré con precisión las uvas según el nombre que les dan en su lugar, en el convencimiento de que la palabra propia sabrá llevar así los sabores de su terruño a mi copa mucho más plenamente.

entrada revisada el:11 07 2006
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