Me interesa la salud en la alimentación. Y a quién no, supongo que todos queremos comer y no envenenarnos. Lo de ser precavidos con lo que nos llevamos a la boca lo tenemos muy arraigado desde los tiempos de las chuletas de mamut. Así que soy de las que se leen las etiquetas y desconfío de todo aquel ingrediente que no puedo identificar con algo conocido. Prefiero los alimentos poco elaborados, poco empaquetados, poco publicitados. Hablando claro, prefiero una lechuga de la frutería (sin plásticos) a un tarrito poblado de bacilos ultrabeneficiosos, omegas, fibras y soja. Los aditivos maravillosos me producen una incómoda sensación de tomadura de pelo y en general procuro evitarlos. Digo en general porque también de vez en cuando pico, como todo hijo de vecino. Hace tiempo comenté acerca de lo poco que hemos cambiado los humanos con el paso de los siglos (Magia, salud y bichos raros para comer). Hoy día también hay alimentos curativos y pócimas milagrosas, pero se visten de nombres científicos y según la publicidad, vienen avaladas por informes de expertos. No hace falta ir a buscar hierbas raras a la luz de la luna en lo profundo del bosque, porque para eso tenemos los herbolarios y el supermercado.


Por eso cada vez me convenzo más de que si queremos cuidar nuestra salud, el escepticismo es lo más sano de todo.

En MedlinePlus, página famosa que muchos conoceréis, hay una lista de hierbas y suplementos alimenticios en la que se especifíca el nivel de evidencia científica a favor o en contra de cada uno de los distintos usos de tales suplementos, así como los posibles riesgos de su utilización. Es una página muy completa de la Biblioteca Nacional de Medicina de los EEUU. Entre otras cosas trae una guía para evaluar la credibilidad de lo que leemos en Internet.

En dicha página me he enterado de que al parecer no existe base científica para ninguna de las famosas propiedades del té verde (vaya, otra cosa que tampoco adelgaza ni quita las arrugas). Lo mismo ocurre nada menos que con las algas (tampoco las algas???), a pesar de que a nadie nos cabe duda alguna sobre sus muchas virtudes. Sin embargo los ácidos grasos omega-3, parece que sí son beneficiosos para algunas cosas (triglicéridos), aunque por lo visto carecen de efectos contra el colesterol (no…). Me preocupa más el apartado de la soja. Algunas aplicaciones de la soja tienen base, pero hay tantas cuestiones dudosas (como por ejemplo si su consumo disminuye o aumenta el riesgo de cancer de mama, nada menos), que pienso que como mínimo lo mejor es no abusar de ella. Una cosa son unos cuantos brotes en la ensalada y otra, cuatro vasos de leche de soja al día.

Hay muchas hierbas, suplementos, vitaminas, etc. contempladas. En general asombra ver que para cualquier sustancia existen muy pocos o ningún uso con base científica al menos aceptable, mientras que encontramos muchísimas aplicaciones populares que no están demostradas e incluso que están contraindicadas. Es cierto que en muchos casos, el problema es la falta de estudios y que bastantes recetas populares se acaban demostrando verdaderas. Pero creo que como poco es interesante saber cómo están las cosas.

Me llama la atención que no esté demostrada claramente la utilidad de las hierbas medicinales que tanto me gustan. Qué pena. Puede que hagamos mejor la digestión por la manzanilla con anís que nos hemos tomado, o a lo mejor simplemente porque la fe hace milagros.

entrada revisada el:20 02 2015
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