Vienen fechas entrañables y propicias al desescombro de recuerdos (de todo tipo…), a la vida familiar y a las tradiciones inexcusables. Por no desentonar, me dio por acordarme de unas cuantas costumbres puede que incómodas, seguro que incompatibles con la mercadotecnia, y quizá también con la salud pública, que me hicieron pensar que en esto del reciclaje no hemos hecho más que perder. Me dieron ganas de convertirme en ecológica “vintage”.

Esto es lo que hacían nuestras abuelas en lugar de separar y reciclar:


1) Iban a la calle provistas de un artilugio llamado “redecilla”. Ríete tú de las bolsas “ecológicas” de ahora. La redecilla tenía la ventaja de poderse guardar en el bolso sin ocupar apenas espacio y a la hora de las compras voilà: se desplegaba para poder llevar los paquetes, porque por supuesto, las bolsas de plástico que ahora dan en todas partes no existían. Hasta en el Corte Inglés te daban todo envuelto en su papel de triángulos verdes y negros. Y los pescaderos y fruteros hacían unos cucuruchos estupendos. Hoy, hemos de reconocer que apenas queda un frutero que sepa hacer cucuruchos como es debido.
Pero y estos papeles ¿se reciclaban? Pues no, pero el reciclaje doméstico de casi todo era mucho más corriente que ahora.

2) En todos los domicilios se disponía además de otro artefacto, este sumamente específico: la huevera. La huevera era una especie de maletita de plástico duro con doce cavidades para contener justamente una docena de huevos. Si querías dos docenas tenías que tener dos hueveras, o si no, ya sabéis: el cucurucho. En las lecherías tenían los huevos en grandes cartones y ya está. Eso es economizar envases. Claro que de fechas de caducidad y de puesta nada de nada. Afortunadamente, todo el mundo sabía distinguir un huevo malo y al lechero que no daba huevos frescos no se le compraba más.

3) Por último existía otro invento que perduró bastante después de la invención de las bolsas “camiseta” y de las grandes superficies: Los “cascos”. Los cascos no eran más que las botellas de coca cola, de fanta, de cerveza o de lo que fuera –incluidos leche y yogures–, pero vacías. Si llevabas los cascos cuando ibas a comprar bebidas, estas te salían más baratas. Si no los llevabas, te tenían que “cobrar el casco”. La reutilización de los envases estaba así bastante más estimulada que el actual viajecito al contenedor de vidrio.

De todo esto me acuerdo cuando coloco la compra y para extraer ocho yogures (y dejarlos en su simple botecito) me tengo que deshacer de no sé cuántos cartones y plásticos con ofertas y regalito. Al final de todo el proceso de desempaquetado me queda en la puerta una montaña de papeleo “a separar y reciclar” que hace que por las noches me despierte bañada en sudor frío… ¡quiero una redecilla!

*Aclaración indispensable: nunca fui propietaria de redecilla alguna. Era demasiado joven. Esto por si este post ha dado pie a pensar que tengo más años que Matusalén.

entrada revisada el:20 02 2015
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