Propio del hombre es vivir entre lo sublime y lo cotidiano. No hay elevada experiencia estética, intelectual o espiritual que nos libre de pasarnos al rato por la nevera a ver qué podemos llevarnos a la boca. En ocasiones todos somos sabios, místicos, poetas o filósofos, pero también ardillas u hormigas que guardamos nuestras provisiones para el invierno.

Aunque tampoco hay que exagerar la disyuntiva, ya que cuando cerramos el libro de poesía o salimos del concierto y tenemos un poco de hambre, no nos vamos directamente a emprenderla a mordiscos contra una vaca, sino que nuestra actividad alimenticia es un poco más elaborada. Hay científicos que resaltan la importancia del fenómeno culinario para diferenciarnos de los animales e incluso lo consideran determinante en la evolución de la especie (Faustino Cordón: “Cocinar hizo al hombre” Ed. Tusquets).

Lo que sí parece es que la cocina de los alimentos se mueve en ese estado intermedio entre lo elevado y lo corriente que nos es tan propio. Un plato cualquiera, bien elaborado y presentado, nos proporciona, como decía Proust del fuego encendido en su habitación “un goce a la vez grosero, ya que reposaba en un bienestar material, y delicado, porque tras él se esfumaba una pura visión”*. El cuidado de la presentación y de la armonía de sabores en los platos, de la educación y la decoración de la mesa parece que reconcilian nuestras necesidades más elementales de subsistencia con los misterios del espíritu.

Bien lo han sabido tantos artistas que han sido capaces de ver y transmitir la belleza de lo cotidiano en sus representaciones de comidas, bebidas y objetos domésticos, naturalezas muertas llenas de vida, de la vida de un tiempo que aparece hoy en ellos recobrado y de una profundidad de existencia difícil de igualar.

*Cita: Marcel Proust: En busca del tiempo perdido. El mundo de Guermantes. Traducción de P. Salinas y J. M. Quiroga Pla.

entrada revisada el:23 07 2006
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