«Madame Sazerat nos ha dado una de esas comidas de las que ella tiene el secreto y que, como diría tu pobre abuela citando a madame de Sévigné, nos sacan de la soledad sin darnos compañía». (Marcel Proust: En busca del tiempo perdido, V – La Prisionera.)

Me hace gracia pensar en tantos blogs de cocina tan estupendos que visito a menudo y que «nos sacan de la soledad sin darnos compañía» y nos alimentan sin darnos de comer. Y es que a veces comer-comer es lo que menos importa, y una receta y unas fotos colgadas en Internet nos transmiten justo lo que necesitamos.

En torno al comer hay tanto significado social y emotivo que no es raro que la propia comida tome un papel secundario, pasando a primer plano cómo se hace, cómo se sirve o simplemente lo que simboliza. El caldo de enfermo amorosamente preparado, los manjares tradicionales de ciertas fiestas, la mesa preciosamente puesta para una ocasión especial, el brillo de la vajilla y de la plata a la luz de las velas, los manteles limpios y bien planchados… A veces lo que se come es lo de menos, porque lo que se come es alegría, compañía, el cariño de los que lo han preparado. Una sola cucharada de ese caldo materno calienta el corazón más que todos los manjares de este mundo.

– Y una vez porque sale crudo y otras porque sale quemado, ello es que siempre tenemos diversión en la mesa.
– Y en fin, que nos resulta una salsa con la que no contamos: la alegría.
– Que no se compra en ninguna tienda […]
Benito Pérez Galdós: Torquemada en la cruz

Por eso la afición a cocinar suele ser algo más que simple glotonería. Sí, normalmente a quien le gusta cocinar, le gusta comer, pero a veces no importa tanto que un plato quede perfecto, ya que preparar comida tiene muchas más implicaciones. Para empezar, cocinar supone casi siempre «comer juntos» y que una comida cualquiera deje de ser cualquiera para convertirse en una pequeña fiesta. Es muy raro cocinar para uno mismo. Cocinar y soledad me parecen los dos términos más antitéticos que puede haber. La comida que se compra hecha y se calienta en el microondas puede ingerirse en solitario frente al televisor. La comida cocinada por alguien que nos conoce requiere de familia o amigos para ser degustada como Dios manda.

Cocinar supone también dejar vía libre a los recuerdos: ignoro la razón de que los resultados de lo que se cocina se acaben siempre midiendo por el «efecto ratatouille», pero así es. Contad los mmm reales ante un plato y buscad su verdadero origen, y buscadlo también en vuestros propios mmm de cocineros –los que cocináis–. Además, resulta que ese efecto ratatouille no se produce sólo al degustar el plato, sino que es provocado por todo lo que implica cocinarlo, desde que se entra en la cocina, al pasar las páginas del recetario, tocar los utensilios, los ingredientes, ver cómo la receta se va poco a poco construyendo, hasta el momento de tenerla en el plato, lista para ser comida.

Pero para que todo eso suceda hay que reconocer que cocinar necesita sosiego y tranquilidad. Una expresión que debería ser contradictoria en sí misma es la de «cocina rápida». Un plato puede hacerse en poco tiempo porque es sencillo, pero nunca debería cocinarse rápido. Confieso que no siempre lo consigo, pero cuando sí: qué bien. Cocinar y luego comer pueden ser la oportunidad de romper el ritmo para preparar y disfrutar en paz y tranquilidad lo mejor que tenemos: la compañía de otras personas. Alimentar el cuerpo y el alma.

Ya veis qué responsabilidad. Tendríamos que decir con Gerardo Diego:

No escribiré ya más un verso
en que no haya embarcado toda el alma
aunque no lo parezca
aunque se le antoje frívolo
al que no sabe la misión del fuego
y su escondido origen

Cambiando «escribiré verso», por «cocinaré plato», con permiso del poeta. Qué rico nos quedaría todo.

Tendría que haber titulado el post comida contra la soledad, contra el estrés y contra el olvido, pero es que hay más.

Cocinar tiene también las asociaciones personales que le dé cada uno. Para mí se relaciona con naturaleza, campo, mar: los distintos ingredientes me traen color, olor, lluvia, sol, fuego, viento, tierra, madera, bosques, huertos y olas. Una actividad bastante placentera y relajante, en suma.

Me encantaría hacer una lista de las palabras que a cada uno nos evoca el meternos en la cocina. Os animo a que investiguéis las vuestras. Y mientras tanto me quedo con el huerto de Fray Luis de León (dichoso él, qué descansada vida…)

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto;
y, como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura;
y, luego sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo, de pasada,
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.
El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido,
que del oro y del cetro pone olvido.

Fray Luis de León: Vida retirada (fragmento)

Nada, os dejo. Me voy a la cocina a preparar la cena lejos «del mundanal ruido».

entrada revisada el:19 12 2015
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