Soy del parecer que la mesa debe ponerse esmeradamente a diario, y para ello me fundo en dos razones muy poderosas. la primera es que esmerándose a diario, un convite no supone el menor trastorno, ni para el servicio ni para el ama de casa, y segunda, y principal, que los primeros convidados son los individuos que componen la familia y que una comida bien presentada y servida con esmero tiene un encanto especial.

Lo dice la Parabere (La cocina completa – cap II “La mesa”). No cabe duda de que desde que se publicó por primera vez esta obra (1933) los tiempos han cambiado y eso del servicio o eso del ama de casa suena a chino en la mayoría de los hogares. Pero creo que lo esencial sigue siendo válido: los miembros de la familia se merecen –nos merecemos– una mesa bien puesta y bien servida a diario. No me refiero a cocinar a diario, de eso ya he hablado y me temo que hablaré mucho en este blog, sino a poner bien la mesa: en el comedor, con su mantelito, etcétera, etcétera. A presentar los platos como es debido y, por supuesto, a esperar a que lleguen todos para tener una comida en familia.

Es cierto que servir bien la cena es un trabajo extra que nos suele pillar cansados después de todo el día, pero también es verdad que una vez sentados es raro arrepentirse de haber preparado una cena en condiciones. Porque tiene muchas ventajas.

Por rico que esté lo que hemos cocinado, nunca sabrá igual bajo los fluorescentes de la cocina que a la luz de las velas.

Nunca sabrá igual recalentado en el microondas y consumido (que no degustado) frente a la tele o el ordenador.

Por bonitos que sean algunos restaurantes difícilmente podrán igualar el ambiente que se puede conseguir en la propia casa. Todo a tu gusto, ni más ni menos.

La cena familiar es la única oportunidad de reunirse a diario que tienen muchas familias (¡qué responsabilidad, cocineros!). ¿Hay algo mejor que celebrar?

Una mesa agradable y bien puesta predispone a la conversación, y a lo mejor a una grata sobremesa que nos evitará el ratito de tele: total, para lo que hay que ver…

Termino con un párrafo del libro de Thomas de Quincey que comenté en el post anterior (Cenas reales y presuntas. La casuística de las comidas romanas):

La vida en Londres ha llegado a tales extremos que, si no fuera por el dulce alivio de la cena a las seis de la tarde, el dulce proceder que sucede al tumulto estrepitoso de la jornada, el tenue resplandor de las luces, el vino y la conversación intelectual, los nervios de los hombres naufragarían en un plazo de dos años. (…) Es la cena –y entiendo por cena el conjunto de circunstancias que la rodean– la que salva al hombre moderno de volverse loco.

Los niños en la mesa. Cenas de diario II

entrada revisada el:20 02 2015
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