A Pessoa no hay manera de tomárselo en broma. La inseguridad existencial, el rechazo de sí mismo, el desdoblamiento de la personalidad, el desconocimiento del otro… Pocas cosas habrá que provoquen más melancolía y “desasosiego” que acercarse a una obra que sin embargo, atrae con fuerza. Será su misterio, o será el poder de los “grandes”, cuya lectura siempre nos afecta de alguna manera.

También la delgada figura que todos hemos visto en esas fotos de paseante por Lisboa, de cliente de los cafés y de las bodegas, tiene el poder de encoger un poco el corazón. Después de ver las fotos de Pessoa, una siempre se queda un poco más triste que antes, o un poco culpable de andar por la vida sin reparar todo el rato en sus contradicciones ni en su extrañeza. La imagen de Pessoa es casi una aparición o un símbolo. “Jamás me volví para mirarlo después de despedirnos; temía demasiado verlo descolorirse, hacerse traslúcido, disolverse en el aire de la tarde”, dice Pierre Hourcade.

Por supuesto, aunque este punto no lo he visto comentado en ninguna parte, está claro que comer, no comía “ná de ná”, como diría una abuela de las de antes… No hay más que verlo. El café y el aguardiente suelen propiciar más la inspiración poética. “En los diez o quince últimos años de su vida venía por aquí todas las noches. Fumaba sin parar, tomaba sus cafés y sus copas de aguardiente -bueno, más copas que cafés- mientras charlaba, discutía, reía. Nunca le vi perder la serenidad, esa calma en él tan habitual.”(Testimonio de Albino, camarero de A Brasileira del Chiado, recogido por Eduardo Freitas da Costa)

Pero hete aquí que una vez, uno de sus heterónimos, Álvaro de Campos “en quien puse toda la emoción que no me doy ni a mí ni a la vida”, pidió amor y le sirvieron unos callos fríos.

CALLOS A LA MANERA DE OPORTO

Un día, en un restaurante fuera del espacio y del tiempo,
me sirvieron el amor como unos callos fríos.
Le dije con delicadeza al misionero de la cocina
que los prefería calientes,
que los callos (y eran a la manera de Oporto) nunca se comen fríos.

Se impacientaron conmigo.
Nunca se puede tener razón. Ni en un restaurante.
No los comí, no pedí otra cosa, pagué la cuenta
y me fui a dar una vuelta por la calle.

¿Alguien sabe lo que quiere decir esto?
No lo sé yo, y fue a mí a quien sucedió…

(Sé muy bien que en la infancia de todo el mundo hubo un jardín
particular o público o del vecino.
Sé muy bien que nuestro jugar era su dueño.
Y que la tristeza es de hoy.)

Lo sé de sobra,
pero si pedí amor, ¿por qué me trajeron
callos a la manera de Oporto fríos?
No es plato que se pueda comer frío,
pero me lo trajeron frío.

No protesté, pero estaba frío.
Nunca se puede comer frío, pero llegó frío.

No sé a vosotros, pero a mí –además de muchas otras cosas en las que no me voy a meter porque no son de blog gastronómico– me parece que en este poema tuvo Pessoa la intuición poética de comparar el amor con un plato bien hecho y bien servido, aunque sea de hoy la tristeza de que nos lo sirvan frío, irrecuperable, no vivible. Cuántas veces la infancia, patria de muchos poetas, lo es también de platos y comidas que están en la memoria, bien lo sabemos, pero que por más que los pidamos, nadie, nunca, nos volverá a dar.
Me parece tan bella, tan sumamente expresiva, su imagen de los callos fríos (¿a qué cocinillas-gastrónomo-gourmet no le llegaría al alma?), que le perdono el que seguramente fuera tan tiquismiquis con la comida. ¿Pero qué iba a comer fuera del espacio y del tiempo?

“La calvicie, los ojos gastados, ese ademán suyo de estar sentado con las manos sobre las rodillas, esa voz velada, le daban un aire extranjero, distante en el tiempo y en el espacio…” (Jorge de Sena, sobre Pessoa)

*Las citas están tomadas de “Fernando Pessoa en palabras y en imágenes”. Revista Poesía nº7/8 2ª ed. 1995.

entrada revisada el:29 11 2015
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