La feria del libro me encanta y ningún año fallo. Me gusta pasearme tranquilamente una manaña entera, curiosear todas las casetas que puedo y cargarme de libros nuevos a pesar del problema doméstico que empiezan a suponerme.
Este año me he quedado un poco con las ganas. El domingo pasado se clausuró y tan sólo había podido estar una hora. Pensaba volver esta semana cuando me enteré de que ya se acababa. Pero no me quejaré, una hora es una hora y fue bien aprovechada. Una feria tan grande y variada da para mucho, da igual cuales sean tus aficiones, hasta si entre ellas no se encuentra la de leer, simpre vas a encontrar algo que te interese. En mi caso, como aficionada a la lectura, no hay más que hablar. Pero es que gastronómicamente la feria del libro también da mucho juego.

Para empezar, están las casetas de editoriales que tienen alguna colección de gastronomía. En ellas se pueden hallar títulos difíciles de encontrar en la mayoría de las librerías.

Luego están las de asociaciones regionales de editores. Aquí sí que hay libros raros sobre la gastronomía regional de las distintas zonas difíciles o imposibles de encontrar lejos de su tierra salvo en ocasiones como esta.

Y por último tenemos las publicaciones oficiales: a veces en la caseta del Ministerio de Cultura, o de Agricultura, Pesca y Alimentación (o como se llame ahora ¿Medio Ambiente?), o de las Comunidades Autónomas pueden aparecer cosas sorprendentes: catálogos completísimos (hace años me hice con uno de quesos que era la bomba), libros históricos, de gastronomía regional, etc. Algunos están muy bien editados y en general suelen estar bien de precio.

¿Y cómo aproveché mi horita de feria? Pues además de otras incursiones literarias, aunque no gastronómicas, tuve tiempo de curiosear en la asociación de editores de Asturias, donde me hice con Cuarenta quesos, cuarenta platos de Lluis Nel Estrada. Como todo lo que tenga queso es mi perdición, y los quesos asturianos son tan fuera de serie, no pude resistirme. Con honrosas excepciones siempre dulces, la ausencia del queso en la cocina española era algo que clamaba al cielo durante siglos, pero en la actualidad las cosas han cambiado. Cocineros, gastrónomos y gourmets estamos todos de acuerdo en que los quesos (y los paladares) españoles se lo merecen. Así que este libro es requetebienvenido en mi cocina.

Después me accerqué a la editorial Trea que tiene una colección “La Comida de la Vida” que es fantástica. Allí adquirí Cenas reales y presuntas. La casuística de las comidas romanas de Thomas de Quincey y La comida como cultura de Massimo Montanari. Trea no sólo reedita clasicos que antes o no se encontraban o sólo a veces se encontraban viejos, (obras de Picadillo, Dionisio Pérez, o hasta El arte de cocinar de Scappi) sino también obras nuevas muy interesantes. Encima la edición es preciosa. El papel, los generosos márgenes, el diseño de la cubierta, todo me gusta. Total, que me la voy comprando poco a poco.

Con el de Quincey pienso divertirme tanto como con Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Me gustan su ingenio y su manera de escribir. Un par de ejemplos:

La casuística es capaz de grandes proezas. La mano nada imparcial de la casuística ha demostrado ser un rival más que digno de la cuaresma con todas sus cuarentenas.

Tal vez, del mismo modo que dos negaciones hacen una afirmación, pueda pensarse que dos finos espejismos puedan aglutinarse en una tortita, y que dos banquetes imaginarios pueden resultar en la raíz cuadrada de un huevo escalfado.

La obra de Montinari (Profesor de Historia Medieval y de Historia de la Alimentación), contempla la comida como hecho cultural y por tanto artificial. Como generalmente tiendo a relacionar cocina con naturaleza (por oposición a los precocinados y alimentos excesivamente elaborados), me parece una perspectiva interesante, aunque –obviamente– obvia. Como señala en su prólogo, la comida es cultura cuando se produce, cuando se prepara y cuando se consume, y esto, por muy naturales que nos queramos poner, no hay quien lo niegue. De momento sólo lo he hojeado un poco, pero me temo que no tiene desperdicio. Aquí va una muestra:

Sólo el ansia y el aburrimiento de los ciudadanos ricos han transformado aquel pan pobre (el pan oscuro) en comida de élite, promoviéndola en la herborísterías y en tiendas de especialidades gastronómicas como una nueva imagen de un pasado que nunca existió, de una ruralidad incorrupta y feliz que los campesinos nunca han conocido.

entrada revisada el:29 11 2015
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