El franciscano Odorico da Pordenone llega a Zaitón en 1325 y come pasta por primera vez en casa de una dama armenia, rica y devota.


La pulcra anciana me recibe con parsimonia y me invita a comer.
Las esclavas traen grandes boles con arroz, y bandejas con carne de pato
cortada en láminas casi transparentes, y verduras y frutas de mil colores.
Como con apetito, mientras mi anfitriona me habla de los falsos dioses de China.
De repente se anuncia el plato principal del festín:
unas finas hebras nadando en el sabroso mar de un caldo oscuro y humeante
que parece reproducir el escenario acuático donde surgió la vida
hace quién sabe Dios cuantísimos años.
“Es pasta”, me dice la viuda, “una comida sana y energética, vigorizante, digestiva. ¿No la toman ustedes en Italia?
“No mi señora, y debo confesaros que es el manjar más delicioso que he probado en mi vida.”
Pasamos a las condiciones de entrega de las reliquias
Y a la ubicación de los sagrados restos en el templo.
Pero desde que aquellas hebras prodigiosas pasaron de la mesa a mi estómago
Tengo la mente en otra parte, mi cabeza no está en el mundo.

Fragmento del poema de Luis Alberto de Cuenca, incluido en La vida en llamas (2005), que encuentro irresistible. Aunque no tanto como a esas prodigiosas hebras.

entrada revisada el:20 02 2015
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