21 09 07
Un poquito de veneno
Verbal, simplemente. Y es que una ya no sabe ni lo que se puede encontrar en su propia biblioteca. Hoy mismo, sin ir más lejos, le he echado la vista encima a un “Florilegio de frases envenenadas” (Gregorio Doval) que durante tiempo no habÃa sido más que un lomo (de libro) familiar, no interesante, como las guÃas viejas, la enciclopedia, el diccionario. DeberÃa haberlo consultado antes. Ya la portada indica que se trata de un antologÃa de la maledicencia, lo cual no deja de ser prometedor. Además, con ánimo exhaustivo: Todo aquello que, con ánimo corrosivo y de modo lapidario, han dicho los personajes más diversos sobre los demás, sobre sà mismos y sobre muchas otras cosas.
No es un libro para leer de golpe, asà que lo he visto un rato de pasada, pero debo decir como resultado de esa somera lectura, que la parte dedicada a la gastronomÃa es la menos corrosiva de todas. Qué tendrán las cosas de comer.
Hay frases duras, no obstante, como por ejemplo la del gastrónomo sueco Charles E. Hagdahl (1809-1897): “Entre una mala cocinera y un envenenador no hay más que una diferencia de intención”. Me pregunto si es que sólo habÃa cocineras en Suecia en la época de este señor, aunque la verdad es que a los cocineros en general, sin distinción de sexos, les dan lo suyo en este apartado. “Si te sorprende que tengamos tantas enfermedades, cuenta nuestros cocineros”, dice nada menos que Séneca. W.H. Auden por su parte opina que “El asesinato es más común entre los cocineros que entre los miembros de cualquier otra profesión”. Ignoro en qué basarÃa don Wystan afirmación tan arriesgada. Quizá su experiencia gastronómica no fue lo que se dice gratificante, vete a saber.
Mejor pudo ser la de Bernard Shaw según parece, o quizá observaba a los demás cuando dijo que “No hay amor más sincero que el amor a la comida”. ¿Será cierto? Puede que sà y puede que ello explique entonces el vituperio a los cocineros que tengan el atrevimiento, la pereza, el desconocimiento o la estupidez de maltratarla.
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