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En 1986 se publicó la fantástica novela de Luis Mateo Díez. La leí unos cuantos años más tarde y desde entonces, las obras de este autor se convirtieron para mí en imprescindibles. Sin embargo, sólo a La Fuente de la Edad, a sus delirantes argumento y estilo, a sus increíbles y esperpénticos personajes y situaciones le reservo el tratamiento que doy a los clásicos: relectura cada varios años durante las vacaciones de verano. Y tengo que decir que la obra se lo merece, pues nunca me ha defraudado.
Su mención en un blog gastronómico viene desde luego motivada por lo que se come en ella, pues se come (y se bebe) en abundancia. Para los que no la hayan leído, los protagonistas son los miembros de una disparatada cofradía de una pequeña ciudad de provincias a los que une no sólo su afición a la comida y a la bebida, sino la búsqueda de un misterioso manantial que les devolverá la juventud perdida (no, no es el de Fontvella). Sus reuniones y peregrinajes están siempre bien avituallados.

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Comienza la novela nada menos que con un convite de ancas de rana, no sé si muy recomendables: “…mostró la enorme cazuela, donde las ancas naufragaban en un mar crepitante” que despertó en sus estómagos “los ecos de la charca”. No obstante, a veces los poetas encuentran la inspiración en los más prosaicos asuntos y así el poeta de la cofradía, ayudado por sentidas libaciones de clarete, es capaz de componer sobre ellas sus elevadas metáforas: “pálidos muslos de verdes ninfas en el bullicio del pimentón”. En fin, corramos un discreto velo gastronómico sobre estas ancas, y pasemos a lo siguiente que es mucho mejor.
Un banquete veraniego en la casona de Aquilino Rabanal da comienzo a la segunda parte de la obra. Manteles de hilo, cubiertos de plata, la sombra fresca del nogal a través del ventanal, son el marco de la comida que repara a los cofrades antes de echarse a recorrer el monte para buscar la fuente dichosa. Pichones encebollados con aroma a laurel, capones, ensaladilla, arroz con leche bien espolvoreado de canela, tarta de pastores “ con el rezumante efluvio de la mantequilla, las yemas y las migas recién horneadas”. “Hallaremos o no hallaremos el Mágico Venero” -dicen a propósito de los pichones- “pero, como decía Decencio Libelático, ya gozamos bien gozadas las delicias del palomar”.
Y al monte se van con dos yeguas bien provistas, para que nada falte. Los refrigerios a base de cecina y tragos de la bota, los almuerzos de tarteras llenas de truchas escabechadas, ternera mechada, pimientos rellenos, las hogazas, todo sale de sus alforjas. Sin olvidar el café y el coñac. También aprecian los condumios de pastores y en una ocasión se juntan con ellos para cenar.
-Querrán caldereta, fritada y chafainas (…)
-Y unas migas de aperitivo, si puede ser.

Pero lo mejor de todo, lo mejor, es lo del champán. Porque aparte de la bota de vino, el café y el coñac, llevan una reserva de champán que puntualmente ponen a refrescar en algún manantial para todo almuerzo. Y a mí eso de las dos botellas de champán puestas en el arroyo, es que me mata…

©Texto y fotos: M. Ángeles Torres Secocina

Revisado el: 14 03 2012

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