Por más que me repita como un mantra que de algo hay que morirse, no puedo evitar leerme todas las etiquetas de arriba a abajo. Si no tengo tiempo, compro sólo productos cuyas etiquetas tengo ya leídas y comprobadas. Desconfío de las letras y los números. No pueden pretender que vayamos a la compra con la lista de E+nºs en la mano (creo sin embargo que sí lo pretenden), así que sólo compro comidas que o bien se ve lo que son: por ejemplo una berenjena o un tomate, o bien presentan una lista de ingredientes que identifico como existentes en el mundo real. Puede que sea víctima de algún tipo de propaganda, pero cuando voy a la compra casi parece que debo elegir alimentos no que me alimenten, sino que por lo menos no me maten. Y es que si te crees todo lo que se lee, informaciones a menudo con poca base científica y que se repiten de oídas, no habría más remedio que aislarse del mundo, cultivar en persona la propia comida y además bien lejos de cualquier cosa que pudiera contaminarla, lo que parece poco menos que imposible.

Pero hay una cosa que cada vez me cuesta más comprar y son las galletas: desde las queridas galletas María hasta las modernas que se presentan como saludables. En general suelen tener muchas grasas saturadas, grasas vegetales sin identificar, letras y números. Me tiro horas leyendo cajas de galletas en el supermercado para comprobar que la salubridad de las que se promocionan como sanas se limita normalmente a algún aspecto (unas no tienen colesterol, otras son aptas para diabéticos, pero sí tienen colesterol, a otras le añaden fibra, a otras soja, a otras omegas) y, al final, la mayoría de las veces no compro ninguna. Supongo que no pasa nada por comer una galleta de vez en cuando, pero cuando ves a tus niños comerse de cinco en cinco las grasas sin identificar aderezadas con letras y números indescifrables, es humano que surja algua inquietud.

Y la solución: pues nada, todo caserito y ya está. A hacer galletas que para eso me gusta cocinar. Si comemos matequilla sabremos cuánta y cuándo, y si no queremos, usaremos aceite de oliva, que los de coco y palma no los tengo disponibles en mi despensa, la verdad. Hace tiempo se me habían antojado estas galletas de naranja que puso Akane en su blog. Pero tenía ganas de experimentos así que aproveché su receta –gracias, Akane– e hice las mismas galletas, pero con distintos ingredientes. Y me salieron estas “Galletas integrales de naranja con aceite de oliva”:

Galletas "sanas" (si es posible). Galletas integrales de naranja y aceite de oliva.
Las hice muy finitas de modo que, al cabo de un rato de reposo, quedaron crujientes y además salieron muchas.

Y lo último, pero lo más importante: ¿les gustaron a los niños? Porque si después de probarlas van a echar de menos a la Nabisco que al fin y al cabo es como de la familia… Pues SÍ, les gustaron mucho y pidieron que las hiciera más veces. Y es que vengo comprobando reiteradamente que los niños, si se les permite probar las cosas, tienen muy buen paladar, pero esto ya es materia para otro post.

La receta

Ingredientes

200g. de harina integral • 75ml de aceite de oliva v.e. • 125g de azúcar moreno de caña • 1 huevo • ralladura y zumo de 1 naranja pequeña • 1 cucharadita de levadura
1 pizca de sal

Elaboración de las galletas integrales de naranja y aceite de oliva

  1. Mezclar el aceite, el huevo y el azúcar. Añadir el zumo y la ralladura.
  2. Tamizar la harina con la levadura y la sal y unirla a la mezcla anterior.
  3. Poner montoncitos de masa en una placa de horno antiadherente (o cubierta con un papel para horno) y extenderlos al gusto. Yo las hice muy finas.
  4. Hornear a 180ºC unos 10 minutos o hasta que estén hechas y doradas.

Notas

Vigiladlas atentamente porque se queman enseguida.

[1 ct = 1 cucharadita = 5 ml • 1 cs = 1 cucharada = 15 ml • 1 taza = 250 ml • Temperaturas siempre en ºC • calcular cantidades]

entrada revisada el:06 10 2014
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