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Playas y paisajes gallegos. Viento, lluvia, mar, las olas que rompen con más furia lejos del verano, la niebla, las calles de Vigo. Y en este paisaje impresionante y entrañable: crímenes y misterios que investiga el inspector Leo Caldas.


Es fenomenal tener de vez en cuando algún que otro asesinato (novelesco) cerca de casa y poder disfrutar de una novela de policías sin tener que trasladarse al brumososo Londres o a la helada Escandinavia. Domingo Villar es el autor de “Ojos de agua” y “La playa de los ahogados”. Su protagonista, Leo Caldas, de la policía de Vigo, posee las cualidades imprescindibles de un buen detective de novela: unas cuantas manías -en este caso discretas-, unas cuantas rutinas que le dan un toque de realidad, la suficiente dosis de reserva para mantener la intriga a saltos, de un capítulo a otro hasta el final… Por otra parte, los tópicos del género policiaco y también regionales se suceden en las dos novelas, pero no es labor de este tipo de novelas deshacer tópicos, sino todo lo contrario, los tópicos hay que saber manejarlos con maestría para que, sin aburrir, permitan al lector instalarse en el confort que proporcionan. La literatura de género tiene esas reglas, que no tienen por qué convertirse en limitaciones.

Pero vamos a lo nuestro, es decir, a lo que se come en estas novelas de Domingo Villar, porque lo que es materia prima no le falta… De hecho los buenos productos gallegos son mencionados a cada paso. Villar trata las comidas y los productos de su tierra y de su mar con un cariño y un detalle que hacen adivinar a un aficionado al buen producto y a la buena mesa. Justamente al buscar algún dato para este post me entero de que Domigo Villar, además de novelista, es crítico gastronómico.

En la caracterización de todo detective de novela ha de entrar lo que come o deja de comer: esta es una cuestión que nunca se suele dejar de lado. Hay casos míticos, como el Comisario Maigret. Pero tampoco nos olvidamos del cocinero francés de Hércules Poirot, de los banquetes de Nero Wolfe, o -por acudir a obras más recientes- la afición a la comida basura de la detective californiana Kinsey Millhone. El inspector Leo Caldas no podía ser menos y en las dos novelas queda claro que, a pesar de tener el estómago un poco flojillo, le gusta comer bien y a lo tradicional. Como les pasa a muchos gallegos, la pasión por la materia prima recorta mucho las posibilidades de elección del inspector a la hora de alimentarse. Si hace mal tiempo, nada de percebes. Si no hay lonja, nada de pescado. Vino de la tierra y queso del país. Restaurantes populares con manteles de papel, pero de toda confianza, son la opción preferida. En esto tampoco se opta por romper clichés.

El local favorito entre todos es el Eligio, taberna no ficticia, sino existente en Vigo desde hace un montón de años y lugar de tertulias intelectuales y artísticas. Lo de las tertulias viste mucho, pero aquí se va al grano, a lo que importa, porque el Eligio “no sólo era una especie protegida por el aroma a piedra, madera y sabiduría. Su secreto mejor guardado no estaba a la vista, sino en la pequeña cocina apartada de los ojos del visitante, en la que se preparaba el pulpo más tierno de la ciudad.” (“Ojos de agua”). La cosa está bien clara.

Carlos, yerno del Eligio que la fundó, mantiene el espíritu de la casa y encima se ha convertido en personaje literario que da conversación y cena al inspector casi todas las noches. Y le prepara unos platos que sobre el papel nada tienen que envidiar a la cocina de Mme. Maigret: la empanada de vieiras “con la masa hojaldrada fina y crujiente, y el relleno con las vieiras simplemente acompañadas de cebolla confitada”. Excelente empanada, aunque no sé yo si con lo de la masa hojaldrada o con eso de llamar confitada a la cebolla muy hecha se nos va a rebotar algún purista y nos va a decir que este señor de tradicional no tiene nada, pero sigamos. Cada vez que el inspector entra por la puerta del Eligio le espera un guiso de los de antes: que si garbanzos con pata, que si fideos con almejas, que si ternera con patatas, que si luras en salsa. En fin, platos de esos que reconcilian a quien sea con la vida y con la humanidad y que hace muy bien en ir a tomar al Eligio un señor policía que vive solo y que fuera del trabajo apenas tiene tiempo más que para quedar de vez en cuando con su padre.

Pero precisamente el padre, mucho menos soso que el hijo, nos deparará grandes escenas gastronómicas. Para empezar es bodeguero, lo que permite que nos paseemos de vez en cuando entre sus viñas en el otoño, o que casi degustemos el frescor de la última cosecha de las Rías Baixas en la semioscuridad del anochecer, cerca del fuego. A Leo Caldas los guisos a veces le sientan mal por la noche (ayayay…), se marea en el coche, se marea en el mar, y se nos queda sin comer (qué desastre…). Pero a su padre, y a un tío que tiene en el hospital muriéndose, les sienta bien todo. Particularmente los percebes, que el señor Caldas padre disfruta en los dos libros.

Si tuviera que seleccionar un episodio gastronómico en unas novelas que están plagadas de ellos, seleccionaría la narración en “La playa de los ahogados” de toda la peripecia de unos percebes: desde su dramática captura en los escollos batidos por las olas, su compra ilegal a los percebeiros sorprendidos in fraganti por el inspector, a la receta de cómo hacer unos percebes como Dios manda que le explica a su ayudante, y por fin la olla y traslado en caliente y en taxi al hospital donde los esperan golosos el padre y el tío. Este último se desprende de la mascarilla del oxígeno para zampárselos. ¡Sí señor! Genio y figura.

En fin, unas novelas muy agradables, que se leen de un tirón y en las que además de crímenes y policías encontramos buena cocina gallega, lo que no está nada mal. Puede ser que dentro de unos años, cuando se me olviden los asesinos, alguno de estos libros me vuelva a acompañar una buena tarde de verano. Y puede ser que hasta me lo lea contemplando la vista de alguna ría, al atardecer, mientras ya se huele el guisillo marinero de la cena, quien sabe…

©Texto y fotos: M. Ángeles Torres Secocina

Revisado el: 01 03 2010

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Comentarios:

carmen rico cots
02 03 2010
9:50

Pues habrá que leer algo de Domingo Villar y su personaje, Leo Caldas, lo pintas muy bien. Tuve una época -hace mucho- que leia todas las de Vazquez Montalbán y su personaje Carvalho, con todos sus pasajes dedicados a la comida y restaurantes de Barcelona, me divertían mucho y aprovecho este comentario para decir QUE HAY QUE LEER MAS!!! empezando por mi, antes -en mi caso- devoraba los libros y eso que tenía crios, trabjaba y ahora no se que pasa que los libros me duran un montón!!
Bueno habrá que reflexionar sobre esto y es bueno que nos vayamos recomendando autores que nos hayan gustado…
Un beso


M. Ángeles (Spoom)
02 03 2010
15:13

Hola Carmen, ¿sabes qué nos pasa? -yo también leo menos que antes- ¡que estamos todo el día en la cocina! Luego ya ves, caes rendida a la cuarta página. Yo encima he cogido la costumbre de leerme varios libros a la vez, un lío…
Besos!


Buenoooo!! Leí la novela en cuestión hace poco y reconozco que aunque no me volvió loca, precisamente lo que más me gustó fue la ambientación gallega, lo que tú dices, que no hace falta irse a otros lares para encontrar misterios. Y me acuerdo de la historia de los percebes esos… Lo que no sabía es que la taberna donde come Caldas existe de verdad! También estoy de acuerdo contigo en que el padre de Caldas me parece más interesante que él.


Carlos Dube
02 03 2010
20:00

Qué bien escribes Mª Angeles, un artículo chapó. La verdad es que me da un poco de vergüenza participar en semejante proposición cultural. La verdad es que no sirven excusas, pero no tenemos tiempo ni para plantearnos el hecho de no tenerlo. Es complicado, y la lectura es sinónimo de paz y desconexión, y ahora mismo es una entelequia total.

Llevamos ya unos años que de lecturas poco o nada, y antes es verdad que era diferente. Eso sí, en verano alguno cae o al menos lo intentamos a ratos, y se agradece porque si el libro es bueno liberas muchas endorfinas. Pero como tú dices, es leer 4 páginas y caer dormido. Me pasa con un libro de panes, así que con eso te digo todo.

De nuevo con tus fotos dando la nota pero bien. Vaya preciosidad de paisajes y de tonalidades, no me extraña que sea sólo verlas y te evoquen tan gratos recuerdos.

Un saludo.


M. Ángeles
03 03 2010
8:35

Hola Miriam, qué casualidad. En España no se ha escrito mucha novela negra. Algo hay, pero como no es mucho, cuando sale alguien nuevo se agradece. A mí de los actuales que he leído últimamente la que me parece la mejor sin duda es Fred Vargas (francesa). Pero los detectives en general suelen ser un poco vacíos, y más interesantes los personajes de alrededor. Será difícil que aparezca un nuevo Maigret…

Hola Carlos, muchas gracias, y muchas gracias por participar y poner de manifiesto algo que es la plaga de nuestros días: la falta de tiempo. Hay que reconocer que a nosotros Internet y nuestros blogs nos quitan mucho…jaja. Pero conseguir aunque sea media horita al día para leer cualquier cosa intrascendente proporciona como tú dices un descanso y una desconexión mucho más agradable que el zapping por ejemplo…

¡Abrazos!


margot
12 03 2010
10:59

Hola Mª Angeles, eres una narradora genial.
Yo también he dejado de leer.
Hace 6 años atrás, me leia 2-3 libros al mes.
Ahora tenemos acumulados mi pareja y yo por leer…
unos 30, los que nos regalan nuestros amigos y entre nosotros, no encontramos tiempo para ello.
Claro que si le dedicamos un tiempo aunque corto a cada cosa llegaríamos a mas…
Pero la disciplina es lo que me mata.
Debería comprarme unos cuantos kilos de ella. ajajaja.
Toda mi pasión ( aparte de mi pareja) se la dedico al blog.
Un gusto leerte.
Besos


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