Parece que muchos estamos de acuerdo en que uno de los secretos de la vida feliz es saber disfrutar de los pequeños placeres. Iris Murdoch (El mar, el mar 1978) pone esta misma idea en boca de uno de sus protagonistas, que se molesta en darnos toda una exposición de sus ideas gastronómicas. Exposición que no podemos dejar de leer con todo interés si tenemos en cuenta que incluye esta declaración de principio: “la comida es un tema profundo y, dicho sea de paso, algo sobre lo cual ningún escritor miente”.
El director teatral jubilado Charles Arrowby (protagonista de la novela) se declara sin tapujos enemigo de la alta cocina y los restaurantes: “engullir grandes cantidades de comida cara, pretenciosa y con frecuencia mediocre en lugares públicos, no era solamente inmoral, malsano y antiestético, sino también desagradable”. De manera coherente, él mismo se confecciona sus almuerzos, sobre las premisas de preparación rápida –no más de 4 minutos de preparación activa, no cocción- y serena y placentera degustación, ya que en su opinión, los placeres simples, al menos en la comida, son los mejores.
Debo en cualquier caso decir claramente que cuando tiene a bien detallar los menús que se prepara, resultan más bien poco apetecibles pues abundan las remolachas y cebollas hervidas, las conservas y las gachas de avena. Faltan clamorosamente frutas frescas, la fruta es consumida casi siempre hervida o seca y generalmente con acompañamientos desdichados. No obstante admitiré que pueda tratarse de prejuicios por mi parte, persona acostumbrada a la dieta mediterránea, ante unos menús tan “ingleses”, y para hacer justicia al excéntrico Charles, consignaré que defiende abiertamente el aceite de oliva “del bueno”.
Pero vayamos al grano: lo que me interesa es la idea de cocinar fácil y comer lento, como hacía Charles a pesar de vivir y comer solo. Comer dando a la comida la importancia que se merece –o que nos merecemos- no es baladí en estos tiempos en los que mil circunstancias nos llevan a quitarnos el hambre con cualquier cosa. En vista de lo dicho, me he tomado la molestia de repasar unos cuantos recetarios y de comprobar la cantidad de recetas que pueden cocinarse en unos minutos sin emplear trucos anti gastronómicos y sin desvirtuarlas en absoluto. Son tantas que me hacen pensar que el recurso a la comida basura no se debe principalmente a la falta de tiempo sino a no saber o no querer cocinar. Y aunque cada cual es libre de llevarse al estómago lo que quiera, mi opinión es que intentarlo merece la pena.
©Texto y fotos: M. Ángeles Torres Secocina
¿Verdad? ¿Mentira? La respuesta a los mitos más frecuentes de la alimentación





Comentario:
29 08 2006
18:34
Independientemente de que se comparta o no el gusto de Charles Arrowby, lo cierto es que al leer esta magnífica novela a uno le apetece ponerse manos a la obra y prepararse algo de comer.
Enhorabuena por esta bitácora: sencilla y pausada como la buena cocina.