31 08 06

Aquellas prodigiosas hebras

Con permiso de Luis Alberto de Cuenca, copio el final de su poema incluido en “La vida en llamas” (2005), que encuentro irresistible:

El franciscano Odorico da Pordenone llega a Zaitón en 1325 y come pasta por primera vez en casa de una dama armenia, rica y devota.

“…
La pulcra anciana me recibe con parsimonia y me invita a comer.
Las esclavas traen grandes boles con arroz, y bandejas con carne de pato
cortada en láminas casi transparentes, y verduras y frutas de mil colores.
Como con apetito, mientras mi anfitriona me habla de los falsos dioses de China.
De repente se anuncia el plato principal del festín:
unas finas hebras nadando en el sabroso mar de un caldo oscuro y humeante
que parece reproducir el escenario acuático donde surgió la vida
hace quién sabe Dios cuantísimos años.
“Es pasta”, me dice la viuda, “una comida sana y energética, vigorizante, digestiva. ¿No la toman ustedes en Italia?
“No mi señora, y debo confesaros que es el manjar más delicioso que he probado en mi vida.”
Pasamos a las condiciones de entrega de las reliquias
Y a la ubicación de los sagrados restos en el templo.
Pero desde que aquellas hebras prodigiosas pasaron de la mesa a mi estómago
Tengo la mente en otra parte, mi cabeza no está en el mundo.”

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